​​Surrealismo en México

POR MANUEL PEREIRA, tomado de la revista Día Siete.

La Habana, Cuba, 1948. Escritor y periodista, autor de la novela Insolación, publicada por Diana.

Surrealismo en México

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André Breton, el Padre del Surrealismo, vino a México
en 1938 para dar conferencias sobre ese movimiento
artístico y literario, pero pronto comprendió que
no tenía nada que enseñar en el país más surrealista del
mundo. Entre otras cosas, se fascinó con las pirámides y
con la mitología azteca, pero sobre todo alucinó con los
frijoles saltarines y con un carpintero al que le encargó
una mesa no sin antes hacerle un croquis del mueble. El
dibujo, por supuesto, representaba en perspectiva las
líneas de los contornos del mueble. El carpintero mexicano
hizo una copia tan estrictamente fiel del boceto
que, al final, las dos patas de delante eran más largas
que las de atrás, la mesa cojeaba, el tablero inclinado
hacía que todo rodara hasta caer al suelo y las gavetas
salían por arriba en vez de por los lados. Breton quedó
tan deslumbrado que consideró el mueble como un trofeo
dadaísta, un fetiche surrealista.
Quizá los mexicanos no se den cuenta de estos y
otros detalles, tal vez no les otorguen mucha importancia,
por estar inmersos en su realidad desde que
nacieron. Pero cualquier extranjero –como yo– inmediatamente
descubre aquí peculiaridades surrealistas
a manos llenas, por doquier, y a todas horas.
Si subo a un autobús, lo primero con lo que golpea
mi cabeza es con un par de zapaticos de niño colgando
del tubo donde se agarran los pasajeros. Lo de los zapatos
ahorcados se repite en el tendido eléctrico de la ciudad.
¿La costumbre de lanzar los zapatos viejos a los
cables de electricidad tendrá algo que ver con los linchamientos
en tiempos de la revolución? En aquel entonces
se ahorcaba a los enemigos en los postes de telégrafo,
como nos lo cuenta Nellie Campobello en Cartucho.
En el pesero todo es surrealismo. El chofer maneja
con su mujer al lado, y ella con el bebé en brazos, los tres
apretujados en la cabina, en la que hay una percha con la
ropa del conductor. Es como si la cabina del camión fuera
la prolongación de su hogar, sin contar la música a todo
volumen que lo convierte en una discoteca rodante.
Las decoraciones de las cabinas incluyen vírgenes,
cristos proyectados como supermanes, con flores, atributos
de colores negros, o bien calcomanías de mujeres
despampanantes y semidesnudas, o en tangas, y letreros
que dicen: “¡Te amo por perra!”. O bien este otro: “Murmuren
víboras”, rotulado en la parte trasera del vehículo.
Otro rasgo típico del surrealismo mexicano es la
obsesión con el color verde: chorizos verdes, lomas verdes,
indios verdes, tortillas verdes, tamales verdes… Ese
desenfado cromático se extiende a las casas, pintadas
de azul añil, de rojo mamey, o de almagre. En ningún
país del mundo hay tanta audacia a la hora de elegir
colores para pintar las casas.
La muchacha de la gasolinera me extiende una factura
a nombre de Fernando de Magallanes. Le advierto
que esa es la calle donde vivo y no mi nombre. Pero ella
insiste en decirme que soy Magallanes. Ya me hubiera
gustado ser ese navegante portugués... le digo sonriendo.
Veo, aquí y allá, un cartel que se multiplica con la
imagen de la Guadalupe: “La virgen es limpia y pura,
aprendamos de ella...”. El letrero es un llamado a respetar
la limpieza de las calles.
El surrealismo está a la orden del día: en los carritos
silbantes de los camoteros, en los luchadores
enmascarados, en las calaveritas de azúcar y en ese onírico
bestiario del arte popular que son los alebrijes...
Letreros en Yucatán que anuncian: “Se vende hielo frío”.
Otros escritos a mano que proclaman: “Se pintan casas
a domicilio”. En los tianguis pueden verse tentadores
maniquíes femeninos que no tienen nada que envidiarle
a los muñecos de sastrería de Giorgio de Chirico.
No hace mucho, en Insurgentes Sur y Tlalpan, había un
poste de luz en medio de una calle. Hicieron la calle sin
quitar ese poste que no deja pasar los vehículos.
La esencia del surrealismo es la espontaneidad, la
libertad, el retorno a la infancia, la infinita capacidad de
jugar. ¡Ojalá que México nunca pierda esas virtudes que lo

convierten en un país único, con personalidad!